Una rama de olivo

extraído del volumen "En la época en la que no pensaba en la muerte"

Radu Cosaşu | January 08, 2009
Translated by: Cristina Sava, Rafael Pisot

 

Una rama de olivo

Tinibalda me había propuesto subir a Piatra Craiului para olvidarlo todo y olvidarlos a todos. La quería. Era ancha de caderas, pero le daba igual. Todo le daba igual. Llevaba vestidos ajustados que no la favorecían para nada, pero comía manzanas con las que, según ella, se le pasaba... Pero, ¿qué se le pasaba? Siempre dejaba la frase a medias...

Yo adoraba aquel desprecio suyo por las frases. Ella creía en mi talento. Si le pedía detalles, me los daba y me decía que no iba a morirme. Que nadie se muere por pasar hambre. Su padre había hecho huelga de hambre en la cárcel, en el 38. ¿Y se había muerto? No se había muerto. Había conseguido una pensión después de trabajar quince años como sindicalista, entre el 45 y el 60. Tinibalda lo adoraba, aunque nunca me lo había presentado. “¡No es bueno para tu moral!” “¿Pero cómo puede no hacerte ningún bien un viejo comunista clandestino?”, “No es bueno, te lo digo yo... Es mucho mejor subir hasta Piatra Craiului”. Pero yo no tenía dinero ni para llegar a Chitila. Tinibalda me aseguraba que el dinero era lo de menos en Rumanía. Me entró la risa y me empujó dentro del cine.

Siempre he tenido la suerte de salir con chicas chifladas por el cine. Mi educación cinematográfica ha ido de la mano de la educación amorosa. Jamás podría separarlas. Están en una relación dialéctica. Tinibalda – después de ver La Balada de Siberia y Los cosacos de Cuban – comía neorrealismo con pan y manzanas. Y, en el cine, comía fruta. Siempre me recordaba a una profesora de francés que llegaba a clase – en función de la temporada – con cerezas, maíz hervido o ciruelas secas. Yo no podía concentrarme por culpa de la masticación vegetal. Chasqueaba. Tinibalda masticaba discreta y delicadamente, en claroscuro. Molestar, no molestaba. Hasta puedo decir que rumiaba la fruta. Le gustaba la miseria y el patetismo de los italianos. Le daba igual el melodrama. “Y si me hace llorar, ¿qué pasa?”. De la película Dos centavos de esperanza salió empapada – como decía ella – y lloriqueó en silencio desde el cine Scala hasta casa, en la calle Traian. Subimos por la escalera de servicio, sin luz, agarrándonos de la mano y sentí sus brazos llorados. ¿Le habían llegado las lágrimas hasta el codo? Me detuve en el primer piso, la apoyé contra la puerta de la cocina del abogado Manolovici y la besé largamente. Era suave, blanda y cálida. Hasta que oí desde dentro de casa: “¡Marcelică, el baño está listo!”. Y subí rápidamente a casa.

Lo cual no quiere decir que desde la Balada de Siberia – con su concierto de Liszt y el Lago Bancal – la hubiera trasladado hasta allí en un estado de ánimo más alegre. Y una mierda: también había llorado como una magdalena en las pelis de Piriev. “Déjame llorar como una magdalena; de otro modo, no entiendo nada”. Y la dejaba. Pero, ¿qué significaba aquel “de otro modo”? Se dice “porque si no” o “si no”… “¿Y yo qué sé por qué no hablo normal cuando lloro?”. Tenía razón. La besé en medio de la calle.

Sólo que a mí no me gustaba la montaña. Yo quería – si, de todos modos, íbamos a salir y a olvidar mi mala suerte – ir a la playa. Tinibalda no sucumbió a mi artimaña. Tenía celos fríos, breves y afilados: “no viajo yo a través de tus relatos”. Había oído hablar de Diana. Había leído el manuscrito de Fronteras – mientras se comía cuatro manzanas – no le había gustado, pero tampoco le había parecido malo del todo: “Entiendo perfectamente que no lo hayas publicado”, decretaba con severidad, limpiándose el pecho manchado por el zumo que soltaban las frutas. “No te lo he dado para eso. Sé muy bien por qué no me lo han publicado. No escribo para publicar”. “Entonces, ¿para qué escribes?” “Para que llores tú”. “Pues mira que no he llorado. Cuando veo lo tonto que eres, no lloro. Yo tampoco te lo hubiera publicado”, volvió a repetir su veredicto. “Lo publicarán dentro de dos o tres años”, me resistí, enfadado. “Para entonces ya no estarás conmigo”, y se recostó de lado, mirando la pared. “Tienes las mismas caderas de Diana”... “Quiá, quiá”, me contestó, con la nariz hundida en la almohada, respetando el pacto al que habíamos llegado un domingo, en el mercado, después de comprarle crema agria a una campesina transilvana que le había contestado a la vecina del tenderete exactamente así: quiá, quiá. La otra hablaba por los codos y la ponía de vuelta y media porque amaba a un hombre que la engañaba, y la transilvana, en vez decir nada, soltaba aquel quiá, quiá. “¿Qué es eso de quiá, quiá?” le había preguntado Tinibalda, mientras cogía con el dedo una buena capa de crema. La transilvana se puso muy contenta: “quiá, quiá es como se dice por aquí: donde viven Uds. se dice quizás, quizás”. Convine con Tinibalda que, cada vez que entre nosotros surgiera la posibilidad de un conflicto, diríamos quiá-quiá para ahuyentar, mediante esta fórmula mágica, el fantasma de la contienda. Por supuesto que, por esta respuesta le besé largamente la espalda que me ofrecía, hasta que se dio la vuelta bruscamente y me preguntó entre susurros si iríamos o no a Piatra Craiului...

La montaña me ponía de un humor de perros. Era demasiado grande. La veía en el marco de la ventana, enorme, pesada, asfixiante. No podía ni mirarla. Le volvía la cara con un terror real y nada pueril. Me ofrecía la dimensión de la muerte y de mi propia impotencia. Las montañas eran eternas, implacables, ariscas en su sentencia: yo moriré, ellas permanecerán. La sencillez del enfrentamiento me hacía temblar en la cama de la cabaña, solo, mientras Tinibalda preparaba unos bocadillitos para el café. El café no me hizo recobrar las fuerzas; al apurarlo hasta el fondo – tal y como me había indicado Tinibalda – el vaso, con sus posos negros allí abajo, se proyectaba, a través de un juego quiromántico de perspectivas, exactamente en el cristal iluminado por el sol y desde allí en la misma y sobrecogedora pared de Piatra Craiului. “Venga, arriba, no seas perezoso, a los caballos” me animaba, mientras ella ataba las mochilas, bien fuerte, todas las hebillas y cordones. Me sacaba de quicio la diligencia con la que trabajaba. Me explicó lógicamente – con una frase que tenía pies y cabeza – que aquéllo lo sabía por Einstein: si quieres huir de los negros pensamientos, concéntrate por la mañana en una dirección, en una, como por ejemplo en atar bien fuerte los cordones de los zapatos. “Tú, ¿qué pensamientos negros tienes?”. Me echó el fardo a la espalda y ella cogió la mochila más pequeña y no me dejó en paz hasta la noche, cuando dimos con una cabaña en aquel macizo sereno y soleado, a pesar de todo.

Entendí que quería redimirme a través del esfuerzo, de las dificultades de aquel camino largo y apolítico. Una tarde quiso que nos quedáramos en un distrito forestal, con los leñadores, y que nos pasáramos unos días cortando árboles. No nos aceptaron. Nos mandaron – con la dosis de humor necesaria – montaña abajo, siguiendo el camino serpenteado, donde estaban asfaltando una carretera de montaña. Tal vez nos gustaba el alquitrán... “Vamos para allá” le dije y Tinibalda se puso inmediatamente en marcha, galopando por los senderos, las ollas y los cazos que llevaba en la mochila traqueteaban alegremente, como una parodia de las melodías de un ritual salvaje.

Creo que fue el principio de mi apaciguamiento. Por la noche dormí al lado de uno de los vagones-cisterna de las asfaltadoras. Hacía calor y allí estábamos bien, en la hierba negra, quemada, apestando a gas. Ya se notaba el aire fresco del verano; a mí, desde pequeño, me gustaban la gasolina, su olor, y el pulimento para el parqué, en casa. Tinibalda tampoco se andaba con remilgos. Donde la acostaras – si estoy contigo...” – estaba la mar de bien,  hay que ver qué bonito es todo, Dios mío. Por la noche tuve un sueño de lo más nítido, sin ningún misterio psicoanalítico: estaba debajo de la caldera de alquitrán, me puse en pie y me bajé en la estación de Sinaia, de donde había partido rumbo a Piatra Craiului, Allí, en la estación, convencí al jefe para que me dejara subir a una locomotora y acompañar así al mecánico y al fogonero hasta Oradea. Quiero escribir el mejor reportaje de mi vida: una noche en la locomotora. Quiero cantarle al fuego, al trabajo y a los Ferrocarriles Rumanos.

El hombre no puso ningún reparo: sólo quería saber por qué precisamente hasta Oradea. Porque hice la mili allí, en los años cincuenta, me fui de voluntario, hubiera podido quedarme a estudiar en la facultad, a distancia, pero pensé que era fundamental hacer la mili. Por la mañana, Tinibalda me besó en la frente. Luego en la boca. Al vernos, aquellos rostros de alquitrán se iluminaron idílicamente, con una sonrisa de dientes blancos sobre un fondo negro, como en los viejos anuncios de betún. Si es esto lo que has soñado, esto es lo que haremos. Venga, nos vamos a Bucarest, hablo ahora mismo con Paul”. Tinibalda, por supuesto, no conocía a Paul, pero como cualquier organización de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja tenía una inmensa confianza en la palabra humanista” e incluso en el hombre. Con el mismo traqueteo de ollas y cazos, bajamos hasta Buşteni, le enseñé la librería de mi adolescencia, donde tomaba prestados, durante mis vacaciones pequeñoburguesas en Poiana Ţapului, libros de Mircea Eliade y Camil Petrescu – “ya lo sé, ya me lo has contado, conozco tu pasado negro” – y cogimos el tren hasta la Capital. Se durmió apoyada en mi hombro, quebrada como una rama de olivo.  

Paul no tuvo nada en contra de que hiciera un reportaje en la locomotora, “venga, escríbelo, te mandamos en delegación, el caso es verlo, luego ya hablaremos con quien tengamos que hablar, más arriba o más abajo en la jerarquía, según se tercie.” Mi plan era pasar una noche en una locomotora de la línea local: Sighişoara – Odorhei, por ejemplo. Tinibalda fue tajante: “¿Otra vez a través de tus relatos?”. Así era. Sighişoara era Diana. Su memoria tenía una vigilencia incorruptible.

Y así se decidió mi suerte: abrimos el mapa de Rumanía, ella cerró los ojos y puso el dedo al azar. Ésa será la ciudad de partida. “¿Te vienes conmigo?” “Cómo no…” “¿Y qué vas a hacer con el instituto?” “Nada, consigo una delegación, tenemos trabajo en todo el país”. Cogió el mapa y se lo puso sobre los muslos carnosos. Cerró los ojos. Timişoara. “¿Tuviste algo en Timişoara?” “Una aventura en un vagón-restaurante: pelé diez naranjas con una mujer fantástica. “La naranja no es una fruta.” “Entonces, ¿qué es?”.

En Timişoara me acompañó a todas partes, incluso a la Dirección de Ferrocarriles, donde hice una declaración solemne de que viajo en la locomotora del tren acelerado que va de Timişoara a Oradea por cuenta propia. El jefe de la Dirección nos miraba asombrado, mientras firmaba, con Tinibalda mirando por encima de mi hombro. Como en un casamiento, delante del oficial del Registro Civil, al que el jefe sentía como tal, con los ojos saltones. Nunca había vivido un momento como ése. Por la noche, a las 11.24, Tinibalda se subió a su vagón: yo seguí mi camino, pisando las piedras del terraplén hacia la locomotora. Temblaba neuróticamente, como en Piatra Craiului, cada vez que encontraba aquella piedra con su freudiano calambur: ¡me muero! Empecé a dar alaridos mientras pasaba junto a los vagones. Desde Kyo. Kyo –locomotora –caldera – Malraux – la condición humana, lectura de la que no podía librarme. En el bolsillo tenía el cuaderno y el lápiz. Hasta llegar al cianuro de potasio aún me faltaba un buen trecho de terraplén. No me llamaba la atención. Nunca había pensado en el suicidio.

El mecánico y el fogonero llevaban un rato esperándome, fraternales. Nunca habían tenido a un periodista en su cabina. Eran habladores, alegres, tranquilos, con un gran paquete de tocino y cebolla deshecho sobre una sillita más negra que el carbón. Comían iluminados por la luz que venía de abajo, desde lo profundo, por el fuego de la chimenea. Enseguida me invitaron a picar algo para que no me pusiera en marcha con el estómago vacío. Cogí algo, y luego partimos, embelesado, entré primero en un trance de silencio y luego, mirándolos con aquel apasionamiento prolecultista que hacía del abnegado trabajador un dios y del intelectual un mortal, salí del túnel de la idolatría y entré en su neorrealismo, junto a sus hijos, sueldos y mujeres, junto a la tendencia púdica a quitarles hierro a los dramas y a despojar de cualquier matiz heroico la luz de su vida y la de su esforzado trabajo. Me gustaban. Hacía calor, todo estaba oscuro, una brisa lírica recorría la noche, estaciones pequeñitas emitían algún que otro sonido de campanilla liliputiense cuando pasábamos nosotros, la llanura callaba, sensual, acariciada y fecundada, por el silbido, por el vuelo nocturno de la máquina encendida. La fraternidad llegó hasta la literatura de las trincheras: les conté una de mis pocas aventuras ferroviarias, desde Cluj hasta Oradea, cuando era soldado de reemplazo, y me subí a la segunda clase de un tren personal, y me senté al lado de una campesina del montón, que podía ser perfectamente mi madre – aunque ella parecía no saberlo – abrazado a la cual, y surgiendo de la nada, de una mirada, recorrí el largo túnel que hay después de Ciucea. Y que, en Oradea, no me dejó hasta que no le prometí que a la semana siguiente iría a su casa, a Nojorid. “¿Y Ud. no fue? – adelantó el fogonero, con gran sentido épico, el final. No, porque Nojorid me daba miedo: la primera vez que había galopado, en la escuela de caballería, había sido allí, al aire libre; pasó un avión por encima de nosotros, los caballos se asustaron, no supimos sujetarlos y nos tiraron al suelo. Tuvimos que buscarlos toda la mañana por los alrededores: si no, nos hubieran cortado la cabeza… Nojorid era un lugar maldito para mí. Los dos se rieron: “No quiso Ud. caerse del caballo con ella”, comentó sereno el mecánico, mirándose el reloj bajo el resplandor del fuego. “Así es el ejército” – añadió, aún más elíptico, el fogonero. “Nosotros, los hombres, somos así” – concluyó el mecánico.

Desde Oradea Tinibalda quiso que viniéramos a Bucarest en avión. Me enfadé. ¿Acaso no sabía que no soporto el avión? Que cualquier despegue del suelo me da miedo. Sí que lo sabía, pero le daba igual. El hombre tiene que probar todas las velocidades. Después de la locomotora, el avión. ¿Quería educarme al más puro estilo prometeico? Le grité en medio de la estación, delante de la taquilla de segunda clase, en medio de la gente y de las gallinas: “Ios al diablo tú y tu avión”... En el tren, cogiéndola de los hombros, delante de la ventanilla del pasillo, le expliqué con indulgencia: no puedo trabajar si tengo pánico, el avión me hubiera destrozado, me gustaría escribir el mejor reportaje de mi vida, esa gente era formidable, necesito un poco de tranquilidad. Ella se zarandeó con fuerza: “También ésta es una estación de Diana”. Se me escapó, estúpidamente, un sí. “Todo lo que viviste con ella, ¿es que tienes que...?” “¡Diana no existe, tonta!” “Todo lo que tú escribes, existe, no sabes inventarte las cosas”. “Quiá-quiá”, pero ella siguió igual de tensa hasta Bucarest. Un largo camino y una hora de retraso en Câmpina.

El reportaje sonaba, finalmente, a Malraux, obsesionado por la solidaridad y la responsabilidad. Un toque neorrealista suavizaba la aspereza erudita; no se mencionaba, por supuesto, ni a Kyo, ni a la mujer de Nojorid. La luz caía sobre el reloj del mecánico, sobre la pala y los niños del fogonero, sobre el tocino y de la cebolla nocturna, pero en todos los trayectos acababa brillando, carbón y diamante, la idea de la fraternidad viril. El reportaje se llamaba, fríamente, Un sentimiento. Estaba dedicado a T. “¿ La señora T.?” bromeó Tinibalda, finalmente relajada. Borré en broma la inicial. “También habría que borrar otras”, comentó ella con severidad. Me entristecí: ¿Y borro también prometeico y censor?

Sólo que Paul no estaba en la redacción y además iba a faltar un mes, porque se había ido a Knokke-Le-Zoote y a otros meridianos literarios. Habían empezado los viajes por el ancho mundo; tragué en seco. No por tener yo ganas de Europa, por supuesto – todos los viajes al extranjero siempre me han dejado frío y los pasaportes me han parecido papeles gratuitos – había tragado en seco, sino porque me había paralizado la idea de que el artículo caería en manos de Stoicănescu, literato extremadamente malcarado en mi caso (acusativo), enemigo intratable del negativismo en cualquiera de las formas bajo las que se esconde (fin de la cita de uno de sus artículos). Y como persona interesada en el contenido, Stoicănescu descubría el negativismo en todas sus formas.

Ninguna forma era lo suficientemente astuta como para poder esconder sus orejas de burro (del formalismo; n.a.): otra cita memorable con la que recorría, en el alma y en el pensamiento, los estrechos pasillos del periódico, rumbo al cuarto más aislado, donde trabajaba como jefe de la sección de redacción. Lo encontré en su oficina – el hombre, todos lo sabíamos, no salía de su cuarto más que por dos leyes biológicas, y más bien al atardecer, porque llevaba la vida del mago de Oz. Yo mismo me sentía el león de la misma historia, manso, temeroso y llorica. En los momentos de máxima tensión, la literatura de mi alma tenía una bibliografía histeroide: con la rapidez de un rayo podía pasar de Malraux a Petre Ispirescu; en un periquete, si bien titubeante, pasaba sin hitos ni hiatos de la Montaña mágica al Caballero de la estrella de oro y ya no sabía si soy Castorp o la bella sin cuerpo.

Pero Stoicănescu me había leído inmediatamente, con gran amabilidad, sabiendo por el  camarada Paul – él no lo llamaba por su nombre – que me habían mandado sobre el terreno, una idea ante la cual él no había objetado nada, pues a cualquier persona hay que darle una oportunidad. Me pidió que me sentara y que esperara hasta que él hubiera acabado de leer mi manuscrito. La literatura tampoco puede privarse del carácter operativo. Evidentemente. Desde el balcón de su habitación, le hice una señal desesperada a Tinibalda, que estaba abajo, en el patio y que – para mi suerte – había estirado los brazos sobre el respaldo del banco, justo debajo de la ventana de Stoicănescu, intuyendo extrañamente mi deambular por la redacción; Tinibalda había contestado con calma a mi señal, diciéndome que me esperaba y levantó el puño izquierdo a modo de un nuevo ¡Non pasarán!. Me enterneció: me quedé clavado, tieso y digno, en la silla que había frente a la mesa de Stoicănescu. Enseguida me di cuenta de que me estaba leyendo con atención, sin prisa, sin formalismos. Después de una media hora, noté que mi rigidez era insoportable y, de repente, decidí tumbarme en el mullido sillón del rincón, vorazmente devorado por las polillas. El hombre no levantó la mirada del manuscrito. Una sonrisa cada vez mejor definida le nublaba el rostro. Observé que no usaba el lápiz mientras leía. Sus anotaciones al margen del texto - “¡anda ya!”, “¡zapatero, a tus zapatos!”, “cuidado con el nivel ideológico”, “giro peligroso”, “¿es ésta nuestra realidad?”, “¿desde cuándo hemos reinventado el melodrama?”, “el hamletismo no nos pertenece”, “el árbol verde de la vida es mucho más rico...”, “ser un cretino no es la solución...”, “¿el autor no ha oído hablar de Lenin?”, “¡faltaría más!”, “¡no entiendo esto!, “el editor burgués...”, “libertad = necesidad”, y otras muchas expresiones de lo más tajantes eran famosas, circulaban de boca en boca, como las leyendas. Ni siquiera jugaba, magnánimo, con el lápiz. Me leía con la sonrisa en los labios. Al atardecer, Stoicănescu, me tendió solemnemente el manuscrito; automáticamente, brinqué del sillón y lo cogí, sin darme cuenta de lo que estaba a punto de acontecer. Siguió una acusación sobria, bien argumentada e implacable: ni por encima de su cadáver ese reportaje – intimista, vulgar y modesto en comparación con el tema – se publicaría en Rumanía; aquel negativismo mío tan conocido – por el que, tal vez, todavía no había pagado lo suficiente – había encontrado formas aún más pérfidas, recurría ahora a lo nuevo, a los sentimientos luminosos, o incluso a la bondad mal perfilada: mi negativismo era un nuevo tipo de sentimentalismo pequeñoburgués, ejercido a espaldas de la clase obrera. Los obreros me apedrearían si leyeran de qué modo deformo sus vidas y sus sentimientos, cómo me pongo su mono de trabajo para mis monerías. “¿Monerías?”, al final me alteré. “Que sabemos perfectamente quién es Kyo, por favor”... “Pero ¿desde cuándo hace Ud. retruécanos franco-rumanos?”. Entré al trapo: “Nada de lo humano me es ajeno”, y se puso de pie con evidente regocijo. Sentí lástima de mí mismo. Se me ocurrió la idea de hacer alguna concesión: “Hablando en serio, ¿no hay nada que hacer?” “Sólo la tumba”. Y me tendió, sin embargo, la mano.

A lo largo del bulevar Magheru Tinibalda escuchó, sumisa, mi relato, expuesto de un modo absolutamente fiel, sin ninguna inflexión polémica ni tendenciosidad por mi parte. “Así que voy a esperar a Paul, que lo lea él” – concluí yo, manteniéndome muy cerca de ella, incordiado por caminar en medio de tanta gente, a la que a veces sorteba y a veces golpeaba, una situación estúpida cada vez que te pones a contar tus ideas en la calle. Ella no parecía sentirse incómoda por el ambiente y el espacio; llevando el neorrealismo aún más lejos me pidió, al final de mi reportaje, que le comprara una rosquilla. “No tengo ni un céntimo”. “Pero si decías que tenías diez...”. Le compré una rosquilla, la invité también a una gaseosa, en el mismo quiosco. La aceptó y partimos hacia el bulevar de las películas, mientras ella mordisqueba la rosquilla. Con bastante coherencia dio inicio a su andante: a ver si cambias de cara – no me pasa nada, sí que te pasa, hay mayores desgracias en la vida, ¿cuáles? Le contestaba yo rápidamente, con una furia sincera, decidido de repente a llegar con ella a un scherzo final. Giré en Edgar Quinet, “¿dónde quieres que vayamos? Por la noche, estaría bien...” “Estaría bien... un bledo”, y entonces estallé: “No hay desgracia más grande que no te publiquen...”. Ella me desafió, invitándome a un trozo de rosquilla. “Pues no decías que no querías publicar. Te estás contradiciendo”. “¡Idiota!”, le contesté apasionadamente. “¡Idiota!” “Quiá, quiá...”. Pasamos por delante del restaurante Capşa: “invítame a un pescadito bonne-femme. Si me invitas a un bonne-femme, te digo lo que tienes que cambiar”. “No tengo nada que cambiar. No voy a cambiar nada”. “Tienes que hacerlo más luminoso…” “¿Que tengo qué?” – me vi a mí mismo gritando enfrente del Romarta para niños. “¿Qué?”, grité, parándome en seco; Tinibalda me miró directamente a la cara, inmóviles los dos en medio de la muchedumbre que trataba de sortearnos mientras nos miraba con el rabillo del ojo. “¿Te has vuelto loco?”, susurró. “Repíteme otra vez: ¿qué es lo que tengo que hacer?” – al caer la tarde, en el rótulo luminoso de Información habían empezado a aparecer las noticias del día: Mogadiscio… “¿Te has vuelto loco?” e intentó acariciarme la cara. Le di un manotazo. Todos los filatelistas que había alrededor de Romarta interrumpieron sus transacciones y nos rodearon: “Déjala, hombre, vete de aquí, señora, mándelo Ud. a la mierda”. Tinibalda me miraba, hermosa, pestañeando con rapidez. “A ver dime tú – le gritaba yo – lo que no es luminoso, ¿cómo sabes tú lo que es luminoso?”. Oí algunas risas. Le di otro puñetazo en su fornida cadera, en el más desenfrenado elogio que jamás hice del neorrealismo: una pelea en medio de la calle entre un hombre y una mujer que se adoran. Ella se dio la vuelta intentando abandonar el grupo, la palabra Cambera, venida del más allá, brillaba en su cara, la agarré y la volví hacia mí como en las películas (en aquellas apasionadas películas francesas, con Gabin-Morgan, de la filmoteca), retorciéndole el brazo hasta que gritó “Ay”, y entonces alguien me dio un golpe en el hombro: “¡Eres un monstruo!” “Que me digas qué es lo que tengo que cambiar. ¿Qué tengo que…?”. Ella se acariciaba el brazo. Me estaba sacando de quicio: “¿Quieres arruinarme la vida?” “¿Quieres salvarme, desgraciada…? Desgraciada… No quiero escribirte…”. “¡No le escribas más!” me imitó un filatelista al estilo de Caragiale. “¿Quieres que te escriba tonterías? No puedo… No quiero…” “¡Escribe lo que quieras!” gritó, finalmente, Tinibalda, “¡y vete al diablo con todas tus ideas!”, articuló ella, hasta el final, una frase esencial. 

La dejé cruzar la calle, pero enseguida – a través del círculo, ya deshecho, de los que habían protegido su partida – corrí tras ella por la acera del Círculo Militar, donde, en la terraza, la orquesta del café había empezado a tocar En un mercado persa. No se cuántos me persiguieron, sin preocuparse por los coches que frenaban atónitos. Tinibalda bajó hacia el bulevar, pensé que entraría en el Trianon, me había dicho desde primera hora de la mañana que quería ver La diligencia. Tras largos años de estrellas auríferas, habían traído la primera de vaqueros. No podía dejarla sola. ¡No podía dejar que viera sola el primer western de su vida! Empecé a llamarla: “¡Espera! ¡Voy contigo! ¡No entres sin mí!”. Ella no se daba la vuelta, la gente se reía y corría detrás de mí, y yo escuchaba: “¡no la dejes!, !¡cógela!, ¡cuidado no vayas a...!, ¡ninguna mujer vale la pena!... Eh tú, que detrás del tranvía y de las mujeres no se corre”; la llamaba: “Tini, mi niña...”. Y de repente, “quiá, quiá”... El tráfico no paró, los trolebuses cortaban el viento cuesta abajo, hacia el parque Cişmigiu, el télex del mundo seguía latiendo, Tinibalda avanzaba con firmeza, decidida, con sus anchas caderas enfundadas en aquel vestido de verano ajustado y sin mangas, grité otra vez: “quiá, quiá”, un hombre emitió su diagnóstico sobre la alegre marcha: “¡se ha vuelto loco, dejadlo en paz!”, pero Tinibalda, al oír el segundo ultimátum se detuvo, delante del Museo Militar, justo al lado del cine Central. Me esperó. Me acerqué a ella, no había nadie junto a nosotros:

-          Déjame ver contigo La diligencia -  le susurré, con una nueva ternura, la de la rama de olivo.

-          … ¡si me prometes que lo cambias!

-          ¡No cambio nada!, grité, amarillo.

-          … si me prometes…

-          ¡No te prometo nada!

-          No puedo vivir con dementes, articuló con nitidez, con total normalidad, sin ningún apasionamiento. Su tranquilidad y su lógica me cegaron. Sólo los dementes…

Inspiré profundamente y le exhalé el aire, desde el fondo de mis pulmones, a la cara, como si quisiera que se muriera, justo en ese instante, como si fuera un espíritu maligno. Tinibalda no pereció, pero tampoco pudo pronunciar la frase más verdadera que jamás pudo pasársele por la cabeza y por mi vida. No me interesaba el final. Me di perfectamente cuenta de eso:

-          Nos vemos a la salida...

-          ¿Dentro de cien años? vendó ella, con inesperada y dolorosa jocosidad, la vida que se escurría por la herida.

-          Dentro de cien años... y de un salto, y más contento que unas castañuelas, me vi de repente en el Gambrinus donde pedí, al puro estilo bucarestino, una empanada de queso y una cerveza.

            Siempre he tenido la suerte de no volver a ver a las mujeres de las que me he separado. Sin embargo – conforme a su maldición – no puedo escribir otra cosa que no sea lo que he vivido, incapaz como soy de inventar, de salvarme. Me he quedado, aun así, con un trauma: el de llamar de vez en cuando por teléfono a las mujeres a las que he querido y, en vez de decirles algo, respirar con sibilante dificultad en el receptor, como señal de que existo. Justo antes de colgar.

 

 

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This July, The Observer Translation Project leaves its usual format to present a special CRISIS ISSUE. Things are tough all over. Hard Times suddenly feels like the book of the moment. The global economic crisis impacts life as we know it, and viewed from Bucharest the effects reverberate in domains that include geo-politics and publishing in Romania and abroad, with the crisis at The Observer Translation Project as an instance of a universal phenomenon. read more...

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Translated by: Monika Oslaj

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