Pupa Russa / Muñeca rusa, ludus et jocus

Gheorghe Crăciun | September 01, 2008
Translated by: Cristina Sava

 

Pupa Russa / Muñeca rusa, ludus et jocus
La República Popular Rumana es el país en el que aprendiste por primera vez a escribir en un pupitre de madera, un pupitre alto y lleno de garabatos. Todos los años, cuando el curso tocaba a su fin, la camarada profesora os pedía que trajerais de casa trozos de vidrio, papel de lija, trapos y cubos de agua con lejía. Las marcas de lápices, de tinta y de navajas, los garabatos, las palabras y los arañazos desparecían como por arte de magia. Dejabais los pupitres relucientes, os cortabais algún que otro dedo, se os entumecían las manos, os salían ampollas, risas, gritos, chirridos, miradas inquietas, trabajabais con la seriedad de los adultos, abríais las ventanas de par en par y el polvo de la madera vieja desaparecía lentamente, como el humo. Todavía recuerdas el olor a madera de haya, lijada con la punta afilada de un cristal roto, esmerilada con aquellas tiras de tela abrasiva, unas veces más ásperas, otras más finas, hasta que se te hinchaban las palmas de las manos. Era agotador, pero te encantaba cómo quedaba. Y cómo olvidar el brillo y la blancura del pupitre de madera, su nitidez, su frescura: imposible olvidar nada. Las palmas hinchadas sobre la madera bruñida. Y otras sensaciones relacionadas con los ruidos, crujidos, castañeteos, palmoteos, voces, interjecciones… Tu pupitre, un recinto hostil, como una jaula, como la torreta de un tanque, al que te subías jadeando tras las carreras que echabas en el patio y allí te quedabas, quietecita, encaramada en las alturas, porque hasta tercero no lograste tocar el suelo con los pies. Escuchabas a la profesora, con su voz ronca por el tabaco, y en el aire afloraba aquel insoportable olor a gasóleo barro virutas y botas de goma pan con mermelada tinta botas sucias y zapatillas de deporte traídas de China. A veces, en invierno, te quedabas dormida junto a la estufa de terracota.
Aún no ibas al colegio, como mucho tenías seis años y todavía no te sabías todo el abecedario. Buscabas las letras en los titulares de los periódicos. Sabías poner el dedo en la A de REPÚBLICA y en la O de POPULAR. Sabías encontrar la palabra MOR [muero] en la palabra ROMANA [RUMANA], leyéndola al revés, pero todavía no eras capaz de silabear las palabras de principio a fin, porque aún no sabías leer de verdad. No, era imposible decir del tirón acilbuper ralupop anamor como hacías en cuarto, cuando ya eras pionera1 y te creías extraordinaria porque nadie sabía leer tantas palabras del revés como tú. O al menos eso creías. A veces, podías hasta leer frases enteras a una velocidad increíble. Preguntabas, por ejemplo, ¿éuq lat sátse? o ¿ednóda sav? y te reías sin saber por qué. No te costaba nada usar esta lengua y te hubieras pasado la vida usando palabras del revés. Minodora Elena, tu compañera de pupitre, se ponía de lo más contenta cuando te contestaba, brevemente y como conspirando,neib o em yov a raguj. Aún no ibas al colegio, pero ya sabías dibujar, y forcejeabas con cada una de las letras de la siguiente oración:
 
 
[ApeLE din RpeR duc RepeDE un PepeNE:
“Las aguas de la R.P.R. (República Popular Rumana)
arrastran velozmente una sandía]
 
“¿A que no sabes lo que he escrito aquí?” te apresurabas a preguntarle a mamá y a papá, y a la abuela y al abuelo y a Ileana y a Tuti y a Gigela y al señor Willi y al señor Mihai y a la tonta de Aneta y a Sandramarrana y a Ana búfala y a Gabrielito cerdito y SNicolasito enanito y a Valentín hace pis y a Juanitoburrito y a todos los que te encontrabas por la calle en el bar donde le comprabas el tabaco a Briotă, el vecino, en la guardería, en la tienda en los columpios en el bosque donde ibas a coger moras o en el jardín de Muşat donde ibas a robar.
Pero allí, ¿qué robabais? ¿fresas rábanos ciruelas dátiles algarrobas a que no me pillas cara de papilla? O más bien ¿nasti de plasti y pito pito gorgorito? No, robabais manzanas verdes, moras verdes, uvas agrias, ciruelas que os daban dentera, gatitos, nidos de gorriones, barro para poneros negros como los gitanos, paja para el fuego, leñita, trozos de cristal, latas para la comida de las muñecas, cartones, papeles, tapones de corcho, frascos de medicamentos, trozos de tela, excrementos de oveja, hojas de guadaña, zapatos rotos que se convertían en barcos o trineos para vuestras muñecas de tela, clavos oxidadados, tornillos, cámaras de bicicleta, alambres, cabos de cuerdas, trozos de hojalata que se convertían en monedas.
¿Y qué hacíais allí, en la casa, en el jardín y en el cobertizo abandonado de Muşat? Uno de vosotros cogía una hoja de papel y una cerilla quemada y preguntaba “¿Quién sabe leer?” y luego hacía un dibujo como éste (pero aún peor y todavía más difícil de descifrar):
 
 
 
y decía “¡Ahora lee!” y tú respondías “Es que yo no sé leer” y otro decía “Pues entonces lee como yo: JAMÓN-CASA-LÁMPARA-CAMA” [N.T.: en rumano las cuatro palabras “şuncă-cat-lampă-pat” pueden leerse como “şi-un căcat l-am păpat”, esto es, y una mierda me-he comido”] y tú leías como él o como ella y al final todo el mundo se reía hasta que le dolía la barriga y se revolcaba y se tronchaba de risa y se reía a carcajadas, hasta que no podía más y se moría de risa. ¡TE HAS COMIDO LA CA-CA! ¡TE HAS COMIDO LA CA-CA! Gritaban a coro Andrei, y Tăvică, Ghinea y Manea, Tuţi y Sanda, Mioara y Gigela, Ana y Aneta. Sobre todo Ana y Aneta, a las que nadie ganaba hablando de aquella manera: bupienos dipias, tipia Anapi, ¿tepi haspi copimido lapimanpizapina? O sea “Buenos días, tía Ana, ¿te has comido la manzana?”.
Pero, ¿qué es lo comprabais y vendíais vosotros? Comida, pistolas, judías, edredones, libros y cuadernos, cajas y ollas, macarrones, aceitunas, zanahorias, castillos, transistores, países y continentes, chubasqueros, plátanos, velas, papeles del ayuntamiento, trajes de estofa, tierra, trilladoras, carricoches, blusas, pañuelos, ametralladoras y tanques, gabardinas, herraduras de acero, tractores y carretas, hectáreas y fanegas, creolina para los caballos y veneno para los ratones, trampas para pinzones,cerdos de Bazna, maíz, toldos, aldabillas y horquillas para sujetar el pelo, todas las palabras que habíais oído en casa y aprendíais cada día y usabais cada día en vuestros juegos para presumir de todo lo que sabíais.
Venía algún que otro niño dispuesto a venderos hasta el alfabeto Morse, pero esto pasaba sólo después de haberos aprendido el otro alfabeto, el de las letras. Venía con un librito más pequeño que la palma de la mano, os dejaba tocar las tapas negras de vinilo y os preguntaba: “¿Sabéis qué es esto?”, a lo que vosotros contestabais: “Pues un librito”. “No, es una agenda”, se oía por ahí. Y Aneta o Ghinea, Tăvică o Ileana, decían: “Pues entonces, una agendita”. “Vale, una agendita. Vamos a abrirla. Os cuesta 5 bani. A ver...¿qué tenemos aquí?” Y luego empezabais a aprenderos las líneas y los puntos, y a hablar con líneas y puntos, dando golpecitos en la pared, en las paredes de los cobertizos, en los troncos de los árboles, en las ventanas, en los pupitres del colegio, en las puertas del lavabo de la escuela y en todo aquello que podía emitir sonidos largos y cortos, en los lápices y en los pinceles de la clase de dibujo, en los botes de tinta, en las carteras del cole, en la cancela de la iglesia y en las tripas de los cerdos con los que salíais el día de Año Nuevo, en la tapa del caldero donde preparabais la comida de los cerdos y en las paredes de madera del gallinero, en la puerta de chapa del tío Willi y en la tapa del ataúd, cuando murió el hijo del tío Willi. No existía nada sagrado para vosotros. Vuestra mente se confundía con el alfabeto Morse y las morsas eran unos animales que vivían en un océano congelado, lejos de aquel país llamado Grecia en el que la gente escribía usando solamente el alfabeto griego. Porque en la agenda de las tapas de vinilo, que durante algunos meses os había cambiado sustancialmente la vida, tú descubriste también ese alfabeto que tenía Γ, Δ, Λ, Ξ, Π, Σ, Ф y otras letras (algunas se parecían a las mayúsculas del rumano, que ya te sabías desde hacía tiempo). Te las aprendiste rápidamente y empezaste a deleitarte dibujando estos signos, sólo tuyos, por todas partes, sobre todo en las vallas y en las paredes de las casas para que la gente las viera y se asombrara. Era tu secreto, un secreto sólo tuyo. Y lo orgullosa que estabas, como una odalisca en la morada del sultán...
 
El hielo de los tejados se derrite y gotea justo delante de la ventana, desde hace unos días al alfeizar donde esparces por la mañana las migas de pan, acude un pajarillo verde o amarillo o pardo o bermejo o jaspeado por todos estos colores, ha empezado (según el calendario que hay bajo el cristal de la mesita de noche, en la que Agnes guarda los leotardos, los lápices, los botes vacíos de mermelada, los cuadernos, el paquete de algodón y el costurero) la semana Rosina – Mathilde – Klemens – Hilarius – Gertud – Eduar, que se terminará con una nevisca suave, húmeda e imponderable para dejarles sitio a los santos Josef – Irmgard – Alexandra – Lea – Toribio – Katharina, todos descendiendo en medio de la ciudad, justo en la antigua ciudadela medieval, envueltos por la lluvia y por la niebla y tal vez dejando al descubierto sus ásperos rostros en un día de luz anémica que se cuela por el ramaje de los castaños que hay junto a la torre.
Aun así es primavera. Lunes por la tarde y ventana abierta. Tienes fiebre, te encuentras mal, tres días de reposo, estás sola y tus compañeras de habitación prisioneras en la sala de preparación, dormitorio común, siete camas de hierro: Anne, Maria, Schmidt, Nicoleta Deleanu, Emilia Sabău, Isabella Teutsch, Agnes Popazu, Crina Minea y tú, Leontina Guranu. Y ahora te has convertido en una rata de la soledad, escuchas el silencio licuado de las paredes, el silencio como un agua, el líquido azul verdoso espeso y transparente del aire en el que callan las sillas, las mesillas, la ropa tirada en la silla, tus manos calientes. Acurrucada en la cama, temblando debajo de las mantas que huelen a polvo y a perfumes mezclados. El día se apaga y se escurre en el tímpano, como si buscara encenagarse en el inmenso y oscuro embudo de tu oído. Las voces de los niños que juegan bajo los castaños y el retumbarde las alfombras sacudidas en los patios de alrededor, el timbre de la bicicletas, un perro que aúlla a lo lejos, un gorrión de pecho pardo, petrificadopor un instante en el marco de la ventana. El mundo nace ahora en tu cabeza y se instala allí como una dulce amalgama de ruidos sin nombre. Podrías tomarte la molestia de diferenciarlos, arrancándote del calor embriagador de la fiebre y descubriendo la trivialidad de esta soledad, pero, si lo hicieras, el mundo que hay en tu cabeza anularía cualquier encanto. Lo que ahora ocurre en este cuerpo estremecido por la fiebre – mira tú el perfil tan masculino del profesor Horacio Malinas, hojeando un atlas de anatomía de láminas multicolores – podría responder a la palabra “voluptuosidad”, con la palabra voluptas, que conoces por las clases de latín, en las que desde el principio sentiste una especie de amenaza, una suerte de ferocidad de ese placer completamente ajeno a tus poderes de ser humano indefenso, que enseguida asociaste con el deseo de pérdida, con el ansia de fundirte con el mundo de alrededor, renunciando a ti misma.
Así es como empieza todo, con la renuncia. Escapando de tu rigidez masculina de chica buena para los juegos en equipo, en los que se han depositado grandes esperanzas, olvidando esa permanente inclinación a desmenuzar cada detalle de las palabras de los que te rodean, buscando sus numerosos matices, a recogerte rápidamente la falda junto a los muslos para que no te la levante demasiado el aire, a morderte los labios para decirle a Didi Zagreanu, un impresentable henchido de arrogancia y de voz chillona lo que de verdad piensas de él. Renunciar y regresar a las colinas que hay bajo las montañas, al fuego en el que se fríe el tocino, al establo en el que el vapor caliente que emanan las boñigas de vaca te envuelve como un camisa empapada en aceite, a la cocina de verano llena de moscas, con la frente pegada al delantal radiante de la abuela Profira. Volver allí, al patio de vuestra casa, donde el sinvergüenza de Valer, tu primo, te baja de repente las bragas y mira, como entre sueños, el oscuro pliegue de tu sexo de niña sin pechos, para encontrar de nuevo las punzadas de los rastrojos en las plantas de tus pies desnudos, la sensación cálida y correosa del pan partido en pedazos, justo delante del horno, las botas llenas de sangre del abuelo Marcu, en diciembre, después de la matanza, tiradas como si fueran ratas muertas junto a los escalones de la entrada de la casa, el olor persistente de la manteca rancia impregnada en las vigas del desván, el polvo de los bolsillos en el ocaso del verano, cuando las hojas del cerezo palidecen en balde.
Sin embargo, aquí está el aire en el que ha perdurado el olor a oveja merina y harina de la estudiante Teutsch Isabella y la fragancia a agua estancada en un vaso con tres tallos de albahaca que esparce Emilia a su alrededor, la morena y corpulenta y moralista Emilia Sabău, la hija de un pope, aquí no hay más que el perfume de manzana jugosa y agria, medio mordida y olvidada por Nicoleta en una esquina de la mesilla – la manzana verde verdosa, con puntitos, como los poros de la epidermis de un niño – y tu compañera, que se fugó a la ciudad, a un cine asqueroso, encandilada por la ancha palma de Fery, apretándole febrilmente los dedos e intentando tocarle las rodillas, buscando temblorosa los muslos, con sus piernas encapsuladas en los leotardos marca Triumph, finos y pardos como una telaraña, regalo de Anne Maria, la chica sajona de Saschiz, la pecosa y menuda, la linfática Anne, con sus dientes de ratoncito famélico y su cabello rígido, demasiado brillante, de muñeca sintética, Anna, un ser humano tan diminuto y anónimo, que nunca encuentra leotardos de su talla.
Con los dientes apretados, porque otra vez se te viene a la memoria el perfil de Horacio Malinas, emergiendo de entre las láminas de anatomía, con sus labios moviéndose por igual y casi sin parpadear, pero también con una dulce sensación de desmayo que desciende por lo más recóndito de tu médula desde la coronilla y se detiene, aterciopelada, en los sensibles pliegues del esfínter. Regreso, recaída, eyección a un tiempo que se parece a una especie de acuario, infancia despreciada, odiada, tu pueblo en las faldas de la montaña, el mundo de la ruina milenaria de la vida. Huiste, tuviste la suerte de poder huir, ahora estás en el penúltimo año del instituto, en una ciudad de verdad, te has jurado a ti misma que huiste para siempre y ahora basta con oír la rítmica ola de gritos de los niños de afuera, el apagadokikirikí del gallo en una de las colinas que rodea la ciudadela, el claxonar de los coches, ruido de pasos, el aleteo de las palomas refugiadas en las cornisas de la iglesia luterana que hay al lado de vuestro internado de murallas medievales, para que todo se deslice y se derrumbe en una oscuridad que no te asusta.
El murmullode la ciudad se insinúa por doquier, atrapados por una sensación de extraña alegría, invade el aire pardo que te envuelve y en el que los objetos parecen haber entrado sin darnos cuenta en un intercambio infinetisimal y continuo de sustancia material, la manta parece renunciar a sus bordes deshilachados y los bordes parecen escurrirse en la melaza de la colcha, las sábanas blancas parecen haber alcanzado una transferencia de átomos con la pelusilla de cal de las paredes. Has descubierto el silencio de una tarde de lunes y tu carne invadida por la fiebre se siente ahora fuerte. Los témpanos de hielo de delante de la ventana se quedan inertes en su opaca transparencia. La enfermería del internado está llena, las chicas estornudan y tosen sin parar, no queda sitio, el médico te ha recomendado tres días de reposo, té, aspirinas y mucha miel y limón, así que las puntas de tus pies tantean el suelo en busca de las zapatillas de andar por casa, te deslizas entre las camas, sacas la estufa del armario, la enchufas, coges de la mesilla el cazo en el que aún brillan los restos de un líquido dorado que tintineabajo una reluciente costra de óxido, abres la puerta y sales al pasillo, bajo una luz de celuloide arañado.
1 Miembro de una organización estudiantil rumana - vigente entre 1950 y 1989 - que tenía como objetivo la educación comunista de los jóvenes y, como signo distintivo, una corbata roja. Por su parte, las siglas R.P.R (“República Popular Rumana”) obedecen a la denominación oficial del Estado entre 1948 y 1965, año en el que fue sustituida por R.S.R. (“República Socialista de Rumanía”), vigente hasta la caída del régimen en 1989.
 
 
 

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