El paraíso de las gallinas (falsa novela de rumores y misterios) (Polirom, 2004)

Dan Lungu | August 21, 2008
Translated by: Rafael Pisot, Cristina Sava

 

Y una mañana mientras iba a la fábrica en tranvía se me ocurrió que tenía que ir a hablar con Ceauşescu. Así que, en vez de llegar hasta la zona industrial, me bajé en la estación y cogí el tren. No compré ni billete, porque no llevaba tanto dinero encima. Antes de llegar a la segunda estación, aparece el revisor y me pregunta cómo me va la vida, le digo que no tengo ningún billetey que me deje en paz. “Pero, ¿adónde vas?”, “A ver a Ceauşescu”, le digo mientras me fumo un cigarro. Me mira de hito en hito y sigue a lo suyo sin decir ni pío. Me siento entonces como en América: cualquier cosa que hubiera dicho podía haber sido empleada en su contra. Se da un par de vueltas por los vagones, sin siquiera preguntarme “¿me dejas pasar?”. El paquete se me estaba acabando y, justo cuando echaba la última calada, el tren entra en la Estación Norte, como si hubiera estado esperando aquel preciso momento en el que yo estaba apurando el cigarro para poder llegar. Seguro que es una señal, pensé yo. De haberme quedado sobado en algún asiento en vez de estar ahí fumando, al lado de la ventanilla, seguro que hubiéramos llegado el día del juicio final por la tarde. Me bajo medio mareado después de tanto meneo y me voy directito al Comité Central. En fin, que llamo a la puerta… y cuando todavía no había acabado de llamar me sale un armatoste de oficial, con la gorra del revés, todo sudado, el pobre se moría de calor me parece a mí, y va y me suelta: “Y tú, moldavo, ¿qué quieres?”. No podría decir exactamente por qué sabía que yo era moldavo, porque el caso es que yo no había abierto aún la boca, pero la verdad es que no supe dónde meterme. Aquello me dejó más turulato que la cicatriz aquella que tenía en la cara y que metía miedo ella sola, porque a la mole aquella no le hacía falta ni llevar pistola. A lo primero pensé que era uno de esos que te leen el pensamiento, porque se coscó desde el principio, pero luego me di cuenta de que, por muchos pensamientos que leyera, tampoco podía saber que soy moldavo, porque yo en ese momento no andaba pensando que soy moldavo y, además, los pensamientos en general no tienen acento moldavo. “Quisiera hablar con el Camarada Nicolae Ceauşescu, Secretario General del Partido Comunista Rumano y Presidente de la República Socialista Rumana”, le suelto más tieso que un palo, con las mismitas palabras que pone en la primera página de todos los libros del colegio, porque el caso es que, estaba tan asustado, que me estaba defecando encima, por decirlo de alguna manera. “¿Hablas en serio, moldavo? Me parece que a mí que te han dado el primer premio en el colegio, ¿no?”. “En serio, señor. A sus órdenes, señor. No he ganado el primer premio en el colegio, señor”, contesto yo como en el ejército, rápido y al grano, intimidado por el uniforme. “¿Y del Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas no has oído hablar, eh? ¡Al suelo!”. “Pues sí, he oído hablar, señor” grito yo al aire, porque al oír aquello de al suelo, ya me estaba tirando yo por tierra. Sí macho, me metió en cintura con una orden que sacó de mí todo el tabaco que me había fumado en el tren. Lo mismo era esta la señal... Después de ponerme perdido, saca una sillita, me invita a sentarme, me da un vaso de agua del grifo, el tío era buena gente pero a su manera, y él va y se abre una lata de cerveza, que a mí al principio me pareció una granada, porque en mi vida había visto algo parecido. “¿Y a ti qué mosca te ha picado con el Tío Nicu?”, me espeta el muy cabrito. Yo ni le contesto, ¿o lo mismo se pensaba que era tonto?. Contestarle era como estar de acuerdo con lo de “Tío Nico” y estar de acuerdo era como haberlo dicho yo. Justo lo que esperaba que hiciera. “Bien, ya veo que no quieres contestarme, lo mismo es algo secreto, me dice el muy listo. Espérame aquí, que voy a ver si está en casa”. Da un par de pasos, se vuelve y me pregunta: “¿Quién le digo que pregunta por él?”. Yo me quedo de piedra. ¿Y yo quién soy? ¿Qué coño podía decirle? “¡Un miembro de la clase trabajadora!”, le contesto lleno de orgullo, pero a la vez cagadito de miedo. “Un maestro troquelador”, añado; no sé, en ese momento pensé que sonaba mejor, como una especie de cargo. “La madre que lo parió al moldavo este” refunfuña el mamotreto, impresionado; creo que se arrepentía de haberme puesto a hacer a aquellos ejercicios tan jodidos de instrucción. Entra el tío en su cubículo y habla en voz baja con alguien por teléfono. Al salir, va y me dice: “Has tenido suerte. Justo está a punto de irse de viaje a Zimbawe, pero me ha dicho que te puede recibir, que cómo va él a rechazar a un maestro troquelador. Ven conmigo”. Se saca un trapo del bolsillo y me venda los ojos. Y me lleva, hay que joderse, de izquierda a derecha no sé cuántas veces, menos mal que el tío no me dejó solo porque seguro que, con tanta vuelta, me hubiera muerto de hambre antes de encontrar la salida. Cuando me quita el trapo de los ojos, me veo en un sala llena de médicos con bata blanca y estetocopios colgados al cuello, bebiendo café. Dejan un momentito el café y uno me dice que saque la lengua, otro me saca sangre, otro me mete una linterna de esas de bolsillo en el ojo, otro me ausculta con el fonendoscopio y otro, con perdón, empieza a buscarme no sé qué en el culo. Por debajo de las batas, se adivinaban las estrellas y las condecoraciones, yo creo que eran generales de postín. Un reconocimiento médico como aquel no han vuelto a hacerme en la vida y seguro que no pillo otro hasta que me hagan la autopsia. El tío me venda otra vez los ojos y yo con tanto pasillo casi me vuelvo majareta: no olía más que a café y a filetes rebozados. Después de coger como dos veces el ascensor, el tipo me quita la venda y me dice: “Esa es la puerta. Mejor entra tú solo, porque no le gusta sentirse vigilado. Dile que vienes directamente de la calle a preguntar qué tal está. Y pregúntale también por Leana [N.T. Elena Ceauşescu], que si no se mosquea. Ah, que no se me olvide, llámale hijo predilecto del pueblo, que es lo que más le gusta”. Y el armatoste me suelta una sonrisa de esas que te entran escalofríos, porque con la cicatriz aquella parecía que se reía con dos bocas. Era un tío muy enrollado, pero a su manera.
Llamo a la puerta y, cuando aún no había acabado de llamar, oigo: “¡Adelante!”. Me quito el gorro, por decir algo, porque no llevaba gorro, empujo la puerta y entro. Hay que ver cómo me latía el corazón. Estaba en su despacho y echaba los dados: “Si sale el tres, me voy a Zimbawe, si no, les digo que estoy enfermo. ¡Seis! ¡Ya está, estoy enfermo! Si sale el tres, estoy mal de la tensión, si no, estoy resfriado. ¡Tres! ¡Acerté! ¡Estoy mal de la tensión!”. Y yo allí, sin decir palabra, ya ves, a ver si iba a cagarla. “A ver tú, moldavo, ¿qué dices que sale?” me pregunta a bocajarro. Yo, chitón. “¡Venga, rápido, que no me sobra el tiempo!”. “¡Cuatro!, camarada Secretario General del Partido Comunista Rumano, Presidente de la República Socialista Rumana, Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, hijo predilecto del pueblo”, digo yo por decir algo. Y se le iluminó la cara como una rosa, macho. “A ver qué sale… ¡Cuatro! ¡Qué suerte tiene el cabrón del moldavo! Tienes un Dacia de mi parte”. Me moría de ganas de preguntarle qué hubiera pasado de no haber acertado, pero no me atreví. “Sólo que no es un Dacia nuevo, tiene un año. Lo perdió Bobu jugando al tute”.
“¡Gracias, Secretario General del Partido Comunista Rumano, Presidente de la República Socialista Rumana, Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, hijo predilecto del pueblo!”. “Venga, no me seas ñoño, que estamos aquí los dos solitos y me puedes llamar Nicu, como todo el mundo”. Yo estaba que no me lo creía. Un tío de lo más legal, lástima que se lo cargaran como a un perro. La asquerosa era la Leana. En lo que estaba yo allí, pensando en si denunciaba o no a Lita, porque ahora que tenía un Dacia ya se iba a solucionar lo de llegar tarde, entra una señora vestida con el traje popular, con una bandeja en la que había pan y sal, pero guapa de verdad, un poco más, chaval, y me caigo de culo. Sólo que el muy putero no me dejó ni siquiera alegrarme un poco la vista, porque la echó a toda pastilla de allí: “¡Venga, pírate de aquí! ¿no ves que estamos atareados?”. Se le veía en la cara que estaba muerto de celos.
“¡Perdóneme, pensaba que era la delegación de China!”, trina la lozana, con una voz melódica como la de Irina Loghin, la cantante. “Está-tá-tá-tá al lado”. Se había puesto de mal humor y tartamudeaba. “En fin… veamos el orden del día. ¿Qué asunto urgente le trae por aquí?”. Cuando vi que me habla como se habla en el partido, pensé que la había cagado. “Es que… yo soy miembro de la clase trabajadora…”. “Y vienes de la calle sólo para ver qué tal estoy”. “Sí, essastamente, y también para ver qué tal se encuentra la camarada Elena, su compañera sentimental, intelectual de renombre y madre adorable”. “Pues la verdad es que ella está regulín, justo acaba de mandarme decir que tiene catarro… Y yo estoy mal de la tensión, pero en fin, qué le vamos a hacer, el deber es el deber, para la causa del pueblo no hay baja médica que valga”. “Así es… cuánta razón tiene usted…es como para repetirlo una y otra vez”. “Pero, ¿qué te pasa, estás sordo, o qué?”, “No, pero así se decimos en mi tierra”. “Ya…”. Me lo quedé mirando, estaba como un marajá en el sillón y con las uñas rascaba los puntos del dado. “Menuda mierda, el punto este negro se quita. Ahora me entero”. Yo respetaba en silencio su ocupación. “¡Por eso siempre gana el canalla de Postelnicu!”.
El salón era grande, y tenía hasta tele en color y cortinas de Pascani. “A ver, moldavo, cuéntame. He oído que la gente se queja… ¿tú tienes leche para tus hijos?”. Menudo marrón. ¿Cómo coño iba a decirle que tenía que levantarme a las tres de la mañana para conseguir una botella de leche? Que uno tenía que hacer cola hasta que echaba raíces? “Pues… lamento informarle de que yo personalmente no tengo hijos, camarada Secretario General del Partido…”. “¡Un momento! Muy mal lo de no tener hijos, moldavo. ¿No te da ni pizca de vergüenza? ¿O es que yo no he dicho en alguna plenaria que tenéis que tener hijos, con tal de que hagáis algo?”. “Perdóneme, camarada Secretario General…” “Pues ahora mismo te vas a tu casa y te pones a hacer hijos, si no quieres que te quite el Dacia. Que igualito que te lo doy, te lo quito, a ver si te crees que estoy de broma”, dice él. Yo adopto la postura de la campanilla, con la cabeza agachada, ¿qué coño podía decirle? “¿O es que tienes problemas con la manguera?”. A lo primero no supe lo que quería decir, pero luego lo cogí enseguida. “No, camarada Secretario General…”. “Porque si tienes problemas con la manguera, mejor será que me lo digas. Te llevo yo a un médico tailandés, que hierve unas plantas de esas que tienen ellos, te bebes la infusión, que está asquerosa, igual que el güisqui, y luego es como si tuvieras un martillo pilón, ¡te lo digo yo! ¡Ya verás como partes hasta el hormigón!”. “No, yo no… camarada Secretario General …”. “No me seas vergonzoso, hombre. Me lo dices y la cosa se arregla. Qué cojones. Y así también tú pones tu granito de arena en lo del crecimiento demográfico”. En serio que así me lo soltó. Me moló el tío, y mira que lo cosieron a balazos. Qué majo era. La asquerosa era la Leana, os lo digo yo. En lo que estuve yo allí ni siquiera entró en el salón, y eso que tenía invitados, ¿o no? Y la cosa de la demografía no era moco de pavo, tenías que haber visto que sermón me soltó… Dijo no sé qué del interés nacional y de un deber patriótico por parte de los dos sexos, pero ya ni me acuerdo, porque la historia nunca se me ha dado bien. Mirad lo que le pasó a un amigo mío con eso de la natalidad, para que veáis que la cosa va en serio.
Un día se acerca su mujer a la ciudad, porque había oído que se vendía no sé dónde papel higiénico; ellos que vivían en un pueblo de por allí…. Pues eso, que vendían papel higiénico, como doce rollos por persona y había una cola como para volverse loco. La pobre mujer está como cuatro horas en la cola, coge su ración depapeldelculo y, al llegar a casa, sorpresón, entre el papel ese grueso y áspero con el que te hacías sangre al limpiarte, no encuentra más que trozos de la Biblia: “Romanos 13”, “píritu Santo”,”ablo” etc. Toda la familia, ojiplática. Luego se enteran, con la oreja pegada a Europa Libre, la radio esa, que habían reciclado un cargamento de Biblias recién llegadas de Occidente y de ahí toda la movida. El caso es que su mujer va y dice que no puede, de ninguna manera, Dios me perdone, limpiarse el trasero con la sagradas escrituras, aunque no fueran más que unos trozos. Ni siquiera le preguntó al pope si aquello era pecado y puso en el retrete unos números antiguos de Scánteia [publicación oficial del Partido Comunista Rumano. N.T.], entre los que estaba el del decreto contra el aborto, con el discurso del camarada Ceauşescu sobre el crecimiento del número de niños por habitante. Y os digo seguro que lo que pasó fue cosa del diablo, porque, justo a los nueve meses de usar el periódico, la mujer dio a un luz un niño de lo más rollizo, igualito que el Sr. Nicu. Y el caso es que el amigo este mío ni siquiera había estado en su casa durante aquel periodo, como para decir que… en fin, ya me entiendéis…Se quedaron los dos pasmados y criaron al pimpollo, porque no pudieron pedir ni la pensión alimentaria. Así es como vinieron al mundo los niños-decreto
En fin…volviendo a mi visita. El tío Nico se pone a rascar otra vez el dado, luego mira a los dos lados y saca del armario un vinito y una caja de puros, que al principio me pareció de bombones, la verdad. Pero se veía en su cara que tenía miedo de que Leana lo trincara bebiendo y de que le pusiera la cabeza como un bombo. El vino, muy bueno, qué quieres que te diga; el viejo tenía buen gusto. “Coge uno, me dice, me los ha mandado Fidel Castro para el 23 de agosto”. Lástima que no me viera mi mujer, porque parecía Kojac, hay que ver lo que le gustó la peli esa. “A ver, moldavo, ¿tú has oído hablar de un tal Goma?”, me pregunta el fiambre. Y yo, para no parecer tonto del todo, le digo: “Pues yo creo que sí me suena el nombre este, camarada Secretario…”, pensando en que sería algún pez gordo del partido o algo por el estilo. “Muy bien, pues, venga, cuéntame todo lo que sepas. ¿Dónde has oído hablar de él?”. Y yo qué podía decir, nada porque empecé a tartamudear. No tenía ni idea de quién era y tampoco hoy en día lo sé, pero me quedé con el nombre, porque no es muy corriente. “Me parece que era uno de los que trabajaba en nuestro taller…”, intenté arreglar la cosa. “No, hombre, este del que te hablo yo es un sinvergüenza”. “Pues este del que le digo yo tampoco es un santo”, forcé yo un poco la cosa. “Y de Iliescu, ¿has oído hablar?”. “Pues no, camarada Secretario General…”. “¡Mejor, porque es otro golfo, aún peor que el otro!”. De verdad que es lo que dijo. Porque cuando lo vi en la tele durante la revolución, me acordé essastamente de nuestra conversación. “Mira lo que te digo: si me muero yo y caeis en manos del gitano ese de Iliescu, vais de culo”. “Pero, ¿qué es eso de que usted se muera, camarada Secretario General?... ¿Cómo es posible?”. “Pues es posible, moldavo, que conmigo cualquier cosa es posible”. “Ya…”, dije yo como un idiota. “Lo mismo os arranca la piel a tiras, como en la KGB. Ya veréis cómo me echaréis de menos”. Hay que ver, macho, es como si lo estuviera oyendo ahora mismito. Seguro que se olía la tostada. “Si se le ocurre seguir el modelo de Gorbi y os mete en una transición, que es lo que no deja de repetirme, no os sacarán de ella ni los americanos. Que el tío no deja de darme la tabarra con lo del túnel de la transción, con la luz esa del final que nos espera a todos los rumanos. ¡Y una mierda! Como entremos en el túnel, nos sacan hechos trizas, como si fuéramos piezas de recambio. ¡Tú hazme caso a mí!”. Ya ves, todo lo que me dijo el pobre, que se lo cargaron sin motivo, se ha cumplido; ni que lo hubiera leído en algún sitio. Después de la revolución, oí exactamente sus palabras en boca de Iliescu y en la de otros, ni que hubieran estado con las antenas puestas mientras hablábamos nosotros. Y al cabo de un rato el Fiambre mira el reloj y me dice: “Creo que tengo que abrirme, que llego tarde a la partida”. “Perdone las molestias, camarada Secretario…”. “Un momento, hombre, ¿dónde te vas tú con las manos vacías?”. Revuelve algo por debajo de la mesa y saca dos paquetes, muy bien atados con un lacito. “Mira, hombre, esto es para Alina, tu hija, aquí tienes unas sandalias Guban y un par de plátanos, y esto es para Marius, dos raquetas de tenis y una tableta de chocolate chino”. Me quedé como un pasmarote. Lo sabía todo, macho. Hasta lo que querían mis hijos, yo que le había dicho que no tenía… Fue todo un caballero, qué quieres que te diga. Después de todas las trolas que le había soltado, hubiera podido echarme encima al gorila aquel y hacerme polvo y luego decirle a mi mujer que viniera con el cogedor a llevarme a casa. Pero él no, nada de eso, hasta me dio regalos antes de irme, es que fue un chico de lo más fino… ¿Qué más quieres? Me dio los paquetes, guardó el vino, limpió las huellas y se escabulló por una puerta lateral. Y desde entonces no lo he vuelto a ver. Bueno, en fin, sólo en la tele… Y en lo que miraba yo las cortinas de Pascani, no porque anduviera pensando en meter una en la bolsa, sino por ver algo de calidad, entra el mamotreto de la cicatriz, ondeando el trapito. “¿Qué tal, moldavo, cómo te ha ido?”. Y me echa una sonrisa de esas dobles, que me entra un escalofrío por la rabadilla; la cosa es que con una boca se reía y con la otra parecía que lloraba. Y yo allí, sin saber cómo reaccionar. Cojo otra vez el ascensor, me trago los pasillos, vuelvo a cruzar por donde olía a café y a filetes rebozados, porque la verdad es que de comer no había sacado nada, y tenía el estómago revuelto por culpa del puro. Y pensé en cómo coño pueden fumar los cubanos esos tan desnutridos un tabaco tan venenoso como ese. Lo mismo tienen el estómago como un colador, hay que joderse, porque, si no, es que no me lo explico. El camino se me hizo más largo a la vuelta, pero por lo menos llegué a la puerta, con los paquetes debajo de los sobacos, como si llevara dos sandías. Y qué penita me daba dejar atrás el Comité Central, con lo bien que olía y el fresquito que hacía, con todas las partidas de tute que se echaban allí y los puros aquellos que se fumaban, pero me di cuenta perfectamente de que aquel sitio no estaba hecho para mí, aunque la verdad es que me las hubiera apañado de maravilla. Como todavía me quedaba una duda y no quería morir tonto, al salir le pregunté al armatoste aquel: “Camarada, permítame una pregunta: ¿cómo se ha dado cuenta desde el principio de que soy moldavo?”. “Muy fácil, amigo. Sólo los moldavos llaman a la puerta haciendo morse, cuando el timbre está ahí mismico, a la derecha, ¿o no lo ves ahí?”. Tenía razón la mole aquella, el timbre estaba allí, sólo que no lo había visto, qué quieres… Le di las gracias y me piré en el momento a la estación, porque lo mismo le entraba el siroco y me ponía otra vez a hacer la tabla de gimnasia. Cuando llegué a casa, el Dacia estaba delante del bloque. “Sí, tío Mitu, ¿pero cómo sabías que el Dacia ese era el tuyo, te dijo la matrícula?”. “Ya ves tú lo que le interesa al julai este… ¿otra pregunta más inteligente no me podías hacer? ¿cómo que de dónde lo sabía? Pues porque yo sé leer y en el cristal había una nota en la que ponía “Para Mitu”. “Vale, tío Mitu, ¿y te pones así conmigo sólo por eso?”. “¿Y ahora dónde está el coche?”. “Pues lo vendí al día siguiente, porque yo no tengo carné. Venga, por nosotros, que tengo la garganta seca”. “Y con lo de llegar tarde ¿qué ha pasado?”. “Vaya hombre, estamos aquí como en la Gestapo, hay que ver…”. Venga, sanseacabó. Fin de la historia.
 
 

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